Biografía

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Fotografía: Paz Errázuriz

Pintora y grabadora chilena nacida en Barcelona, España el 15 de febrero de 1923. Al año siguiente se trasladó con sus padres a París donde vivió durante cuatro años su primer exilio. Luego la familia regresó a Barcelona, ciudad en donde ingresó a la Escuela Montessori. En 1931 inició sus estudios en el Instituto-Escuela de la Generalitat, de la misma ciudad. En 1939, terminada la guerra civil española, salió nuevamente al exilio. Viajó a Francia, donde se embarcó en el barco Winnipeg, llegando a Chile en septiembre, cuando comenzaba la Segunda Guerra Mundial. Ese mismo año ingresó en la Escuela de Bellas Artes en Santiago, donde realizó estudios libres hasta 1942 y fue discípula de Pablo Burchard e Israel Roa.

En 1947 formó parte del Grupo de Estudiantes Plásticos (GEP) que reunió artistas de la Generación del 50 como José Balmes, Gracia Barrios, Guillermo Núñez, Juan Egenau y Gustavo Poblete, entre otros. En 1957 ingresó al Taller 99, creado por Nemesio Antúnez. Al año siguiente retornó por primera vez a Barcelona después de 18 años de ausencia.

Entre los cargos que ha desempeñado figura el de profesora de dibujo y pintura en la Escuela de Arte de la Universidad Católica de Santiago desde 1964 a 1968, y fue profesora invitada al taller de pintura en la Escuela de Arte de la Universidad Católica en 1989.

La obra de Roser Bru ha abarcado desde el comienzo la pintura, el dibujo y el grabado. En los inicios, sus trabajos se caracterizaron por una cercanía a lo matérico y la experimentación con nuevos medios expresivos, como las incisiones realizadas directamente en la superficie de la obra. Pintó y dibujó cuerpos, rostros y objetos con fuertes cargas denotativas y su quehacer artístico se tornó cada vez más crítico.

Comenzó a poner en crisis la estabilidad de la representación mediante la borradura, la tachadura (gráfica sobrepuesta a la pintura), el cubrimiento (exhumar y luego volver a enterrar), la inclusión de signos como cintas negras, los colores de la bandera chilena y española, fotos y textos escritos.

Más tarde, la artista dejó a un lado el bastidor y sujetó la tela con tachuelas a una plancha de madera, en un gesto acorde con su actitud reflexiva frente a la pintura.

Elementos como la memoria, su fragilidad y su incapacidad de recomposición total han sido el hilo conductor de su producción. En este sentido, vuelve una y otra vez al pasado y revisa constantemente la memoria. “Pasado y presente, como dimensiones temporales, quedan enmarcados espacialmente gracias a un recurso constante: la división del soporte” (Ivelic- Galaz, Chile Arte Actual).

En las obras de los últimos años ha profundizado su preocupación por los conflictos sociales y los hechos históricos dramáticos, planteando un discurso crítico de gran fuerza frente a la injusticia, al drama de la guerra, la tortura, etc. Introduce elementos como cintas negras, fotografías intervenidas, frases y números que refuerzan su temática y asocian permanentemente el pasado y el presente.

El trabajo de Roser Bru se puede dividir en dos etapas; la primera (1960-1973) denominada por Adriana Valdés “Materias”, es influenciada por el Románico Catalán, la obra de Antoni Tàpies y por sus viajes a Barcelona; aquí las figuras humanas son dadas en pocos trazos simples, son figuras monumentales y seres ausentes de mirada, por lo general sumidos y ajenos. En el segundo momento (1973- 1988), “Desmaterializaciones”, las pinturas van transformándose en lo opuesto: de grandes cuerpos sin mirada van haciéndose cuerpos esfumados, ausentes y transparentados. También comienza a incorporar nombres, números y hasta incluye fotografías identitarias, esto marcado principalmente por los hechos políticos de Chile en el momento.

Posterior a 1988 su obra comienza a combinar los motivos de sus periodos anteriores, incorporando también nuevos temas y técnicas, maneja retratos, noticias, documentos, fotografías, etc. Utiliza también ciertos elementos que se vuelven recurrentes en su obra, como el pan y la sandía (fruto que se parte, símbolo de la mujer, trazado en el triángulo de su cuerpo y fertilidad).

Distintivo en su producción es el acercamiento, la invocación de imágenes visuales del pasado más o menos remoto o cercano de la Historia del Arte, y es así como revive la pintura del pasado descubriendo una gran afinidad con su propia manera de pintar.

En 1992 viaja a Egipto. En el Museo del Cairo se encuentra con las pinturas funerarias de las momias del Fayum, retratos de gran actualidad, que impactarán fuertemente el desarrollo de su visualidad. Su obra comienza a estructurarse compositivamente con figuras triangulares, toma temas de las vidas pasadas y del ahora, y también realiza nuevas formas de retrato. Más tarde trabaja una serie llamada “Gracias a Velásquez”, donde toma elementos de la pintura del artista español, como por ejemplo los retratos de “Las Meninas” que incorporará en sus creaciones, interesada en personajes que estuvieron fatalmente destinados, como los enanos de la corte que cuidaron de princesas ocultas por sus vestimentas.

Su obra es al fin la unión de dos principales variables; por un lado el carácter figurativo y por otro el carácter temático, donde expone su preocupación por las problemática humana, especialmente las de la mujer, donde el cuerpo femenino es materia en situación límite.

A partir de 1957 hasta la actualidad ha participado en diversas exposiciones individuales y colectivas y ha obtenido importantes premios que la han hecho merecedora de un destacado lugar dentro de la plástica nacional.

Entre los premios y distinciones que ha recibido destacan: Primer Premio de Grabado y Dibujo, Salón Oficial de Santiago en 1958; Segundo premio de pintura, Salón Oficial de Santiago en 1960; Primer Premio de Pintura, Salón Oficial de Santiago en 1962; Premio Osvaldo Goeldi, II Bienal Americana de Grabado, Santiago en 1965; Premio Club de Estampa, Buenos Aires, Argentina en 1968; Gran Premio del Primer Salón de Gráfica de la Universidad Católica, Museo de Bellas Artes de Santiago en 1978.