El Transcurso del Tiempo

Roser Bru
Espejos que dejan ver. Mujeres en las artes visuales latinoamericanas,
editado en 2002 por Isis Internacional

Desde los años puedo mirar –a veces de reojo– la extensión de mi trabajo. Hay temas que no cesan; uno es el cuerpo de la mujer. La modificación en ella, “la mujer que aguanta”, como cariátide, entre el suelo y el límite. Es lo que la “mujer-pueblo” hace en Chile: aguantar la vida, criar hijos, trabajar, y todavía acoge al hombre que transita.

He aprendido de muchos para la ejecución de mis ideas. Del románico catalán, la libertad que tuvieron para pintar al fresco con grandes trazos. También de la frontalidad de las figuras de América, la enseñanza de sus culturas: las formas que inventaron, los códices y el color. Simultáneamente había mirado a los sumerios y a los egipcios. Me apasioné con el descubrimiento de los retratos funerarios del Fayún, humanísimos. También con los de los romanos, que encargaban sus imágenes en vida. El panadero y su mujer, primera cédula de identidad que acredita oficios y vida, sería un espléndido ejemplo.

Soy incondicional de Giotto, que fue capaz de hacer “una obra de autor” desde la iconografía del cristianismo. He aprendido también de los sieneses, de sus pequeñas crónicas-historietas. Admiro al maravilloso Piero della Francesca, serenidad y conocimiento. Al humanísimo Masaccio. La belleza de Botticelli y Uccello.

De mis comienzos, amor total a Van Gogh y lo que hizo con la pincelada y el color. El rigor de Cézanne. Color en Matisse. Imaginación naïf de Rosseau. Y la admiración a la calma y el repliegue en Morandi. Naturalmente la influencia de Picasso; la destrucción feroz y el “barrido” en Bacon. Las formas mediterráneas de Brancusi y Giacomelli. Y la influencia en el uso de la materia y el gesto, desde la obra informal Lista, de Tàpies, vista en 1958 en Barcelona.

He trabajado desde el escenario de Velázquez, cronista ejemplar de una sociedad donde conviven enanos e infantes; gran pintura la de él, hecha sin ningún alarde y sí con maestría.

Después he aprendido de la comprometida obra de Goya: dibujos y grabados. El uso en él de las palabras y los títulos. El descarado retrato de la Reina María Luisa que manda todo en la decadente corte. Los magníficos retratos, Doña Sabasa, por ejemplo.

Según mis circunstancias, he trabajado obsesivamente algunas fotografías: la del Momento de la muerte de un miliciano, año 1936 en España, de Robert Capa. Está allí la muerte y también mi vida. La retomo en 1973, en Chile.

Trabajo a partir de las últimas fotos de Kafka–Milena y la de Anna Frank. Hago una galería de Destinados. Están César Vallejo, García Lorca y Miguel Hernández. Gabriela Mistral, mirada y obra. El proceso de destrucción en Virginia Woolf, desde sus fotografías y la escritura. La mirada del joven Rimbaud, imborrable.

Tomo a Frida Kalho, cuando era desconocida. Es siempre su obra un autorretrato, un trabajo desde su cuerpo, ajena ella a la pintura mural mexicana.

Desde 1980 hago trabajos que claveteo con tachuelas, sobre un soporte cualquiera. Mis temas son los documentos de los periódicos, fotografías y fotocopias: desaparecidos –vida y muerte–; dibujo con señales esquinadas de luto, añado fechas.

A partir de los Durmientes-humanos –desde 1960, 1963 con materia– van apareciendo otros temas. Las mesas puestas, dípticos de la paz y de la guerra, donde lo cotidiano se derrumba. Están después las Camas deshechas, señaladas por ausencias.

Trabajo con la sandía como cuerpo herido, cuerpo femenino de modificaciones: círculo, triángulo calado con un cuchillo. Dolor y vida. Antigua fertilidad del triángulo, siempre señalando a la mujer.

Las ideas me vienen como un relámpago, con urgencia. Entonces ataco directamente la superficie. El dibujo me fundamenta. Emprendo la acción y el color general. A veces, el trabajo se apodera de la idea y hay que escucharlo, da voces.

Hago dípticos, trípticos y conjuntos múltiples ensamblados. Son las miradas imborrables de los “escogidos” o los que llamo Destinados. Relaciono temas, uso palabras. Hay líneas sobre los trabajos que son formas de lectura para quien mira. Hay cuerpos “tomados” por pequeñas banderas; una cae encima de un pan, una Marraqueta. El color resigue a veces, como un aura a un personaje. Está la “caída”, la del sueño y la de la muerte.

El Morir es cierto o bien La pre-muerte es la doble circunstancia de mi vida que resuena: infancia catalana en Barcelona de la República. Guerra civil. Exilio. Descubrimiento de América, la diáspora lenta. Aprender otra tierra –la otra tierra–. Está la inesperada fecha de 1973 en Chile, lo ya vivido antes. El quiebre, la pertenencia.

Tierras entreveradas. Estar doblemente marcada, hecha de dos culturas, mi figuración es persistente; hay enseñanzas de muchos, expresionismo, materia, abstracción y voces conceptuales que se van filtrando. Diría que mi trabajo, libremente figurativo, pertenece a “una obra de autor”. Fue Walter Benjamin –¡exiliado de tanto!– quien escribió premonitoriamente sobre “el proceso del arte como mercancía” y esto ha pasado. Una sociedad de mercancía y de éxito. Todo caduca, rápido, rápido.

El mundo parece precipitarse insensatamente. Quizás nos salve “del sin sentido” unas palabras citadas por Marguerite Yourcenar: “Emprender el combate, como si el combate sirviera”.

Agosto 2002.

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